“Todos debemos ser feministas”. Por Mónica Reynoso

26 octubre 2014, 7: 04

“Hay momentos en la tele que, si fueran más frecuentes, nos harían mejores personas a todos quienes nos entretenemos de tarde en tarde paseando por los canales chillones, irrespetuosos y burdos”.

Chimamanda Ngozi Adichie

Chimamanda Ngozi Adichie

Lo vi en la tele una tarde de éstas. Venía de hacer zapping cuando la vi en la TV pública. Rocío Girat, acompañada de su madre, estaba siendo entrevistada por Maby Wells. La conversación ya terminaba cuando los ojos tan profundísimamente tristes de Rocío se fijaron con intensidad en los de Maby. (Las criaturas abusadas tienen la mirada más triste de todas las criaturas humanas). Alcancé a escuchar a Maby que le dijo “te admiro” a Rocío. Y pidió el corte a punto de llorar. La pantalla se enterneció con los ojos atónitos, incrédulos, de Rocío. Parecían preguntar “¿admirar? ¿a mí? ¿por qué?” (Las criaturas abusadas sienten no ser merecedoras de ternura). Antes de que ese instante de esplendorosa humanidad se desvaneciera, Rocío saltó de su asiento para abrazar a Maby, y así se fueron las cámaras, Maby abrazada por Rocío, Rocío de pie frente a Maby, abrazándola, y llegó el corte.

Hay momentos en la tele que, si fueran más frecuentes, nos harían mejores personas a todos quienes nos entretenemos de tarde en tarde paseando por los canales chillones, irrespetuosos y burdos. No está claro de dónde sacan que nos gusta ver asaltos, choques, muertos, víctimas de toda clase, gritos, furiosos ataques a nuestro sosiego doméstico. Salvo este momento de afecto genuino que ocurrió en la TV pública entre Rocío y Maby, cuya intensidad perdura en mi memoria emotiva, se hace difícil encontrar espacios televisivos donde las mujeres sean bien tratadas. Evoco éste en particular porque el abrazo de Rocío a Maby es el ademán amoroso que entrega una víctima, renacida por decisión propia, dueña de su voz, resuelta a instar a otras mujeres a no ceder en la lucha contra el silencio y la impunidad.

Chimamanda Ngozi Adichie, otra joven, nigeriana ella, autora de una novela muy recomendada estos días, “Americanah”, dio una charla en el TED 2009 a la que accedieron, una y otra vez, millones de personas por Internet (Ver y escuchar a esta brillante mujer en la comodidad de casa –el video está subtitulado- es otra opción de pantalla estimulante y no violenta). Ella advierte allí sobre el peligro de la historia única, el riesgo de resumir, por ejemplo, la historia de un pueblo en un arquetipo, porque el arquetipo reduce, es incompleto. Lo sabe por mujer, por africana, por negra. Sabe que en Nigeria las cosas no son fáciles para su pueblo, pero ella prefiere mostrar la capacidad de ese pueblo para sobreponerse pese a los malos gobiernos y al discurso occidental que lo asimila a la postal de bellos animales, pobreza y sida. Radicada en Estados Unidos donde estudió comunicación y ciencias políticas, tuvo que confrontar con esos estereotipos aun en medios universitarios y asumir que no sólo era mujer, africana y negra, sino también feminista. En 2012 volvió a deslumbrar con su conferencia en TED, titulada “Todos debemos ser feministas”. Es simplemente demoledora contra el estereotipo. Dice que, en una charla, un amigo la trató de feminista no como un halago sino más bien como si con su actitud apoyara el terrorismo, y que ella no sabía entonces qué era el feminismo.

“En cualquier caso, desde que el feminismo no era africano, decidí que me llamaría a mí misma una Feliz Feminista Africana. Entonces un amigo me dijo que llamarme a mí misma feminista significaba que yo odiaba a los hombres. Así que decidí que ahora sería una Feliz Feminista Africana Que No Odia A Los Hombres. En algún momento yo llegué a ser una Feliz Feminista Africana Que No Odia A Los Hombres y A La Que Le Gusta Llevar Brillo de Labios y Tacones Altos para Ella Misma y No Para Los Hombres” (ver aquí).

Desde la experiencia de las mujeres nigerianas y la propia –un repaso lúcido por el matrimonio, el dinero, la educación, la violencia material y simbólica, la sumisión, el atraso-, su discurso es una lección de persuasión que exhorta a dar un paso adelante, por el bien de la especie.

Las noticias policiales nos llegan como un tumulto atroz que tapa, prepotente, las causas profundas de los crímenes contra las mujeres, que escamotea razones, que simplifica y no da paz a los cuerpos ya humillados. Cansa, duele, subleva. Se han escuchado algunas voces sino indignadas, al menos preocupadas por la sordidez de este periodismo. Pero es inmenso el poder que tiene, y sería de una audacia imperdonable insinuar siquiera alguna regulación.

“Alguna gente dirá que la mujer es la subordinada de los hombres porque es nuestra cultura. Pero la cultura está en constante cambio. Tengo una bellas sobrinas gemelas de quince años. Si ellas hubieran nacido hace cien años, habrían sido raptadas y asesinadas. Porque hace cien años, los Igbo consideraban el nacimiento de gemelas como un mal augurio. Hoy en día esta práctica es inimaginable para la cultura Igbo”, dice Chimamanda Adichie. Y finaliza: “Mi bisabuela, por las historias que he oído, era feminista. Ella escapó de la casa de un hombre con el que no quería casarse para casarse con el hombre que ella había elegido. Ella se negó, protestó, y habló alto cuando sintió que estaba siendo privada de sus tierras por ser mujer. Ella no conocía la palabra feminista. Pero no significa que no lo fuera. Muchos de nosotros deberíamos reclamar esa palabra. El mejor feminista que conozco es mi hermano Kene, un hombre joven, amable, guapo y muy masculino. Mi definición propia de feminismo es aquel hombre o mujer que dice sí, todavía hay un problema de género que debemos resolver, debemos hacerlo mejor. Todos nosotros, mujeres y hombres, debemos hacerlo mejor”.

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